Rimbaud y Verlaine

Hace unos meses, cayó en mis manos el libro de El imán y la Brújula. En él, se narraban muchas historias fascinantes con guiños a personajes históricos como el Marqués de Sade o Houdini. Pero el que más me enterneció fue el personaje que se metía en la piel de Arthur Rimbaud como si jugara a rol. Había leído alguna cosa suelta de este poeta, pero supuse que para entender bien al personaje tendría que informarme e investigué.

 
 Verlaine y Rimbaud

Arthur Rimbaud, poeta francés del siglo XIX, era conocido como l’enfant terrible de la poesía francesa. Vivió muy felizmente yendo de un lado para otro, abriendo su mente a base de hachís y otras sustancias estupefacientes y escandalizando a la sociedad burguesa y bien estante que le rodeaba.

Esa es la parte popular que se le conoce pero, tras eso hay varias historias oscuras. Una madre déspota, tirana y autoritaria, su participación en la Comuna de París (la revuelta que dio pie a la Tercera República Francesa), un ataque sexual por parte de unos soldados, etc. Todo eso llevó ese jovencito, que entonces contaba solo con dieciséis años, una vida llena de excesos y de rebeldía.

Paul Verlaine, por otra parte, era un poeta asentado económicamente, bohemio y bisexual. Casado y con un hijo, acogió a Rimbaud en su casa y se enamoró de él. Juntos se fugaron y viajaron a Londres y a Bélgica, pero en este último viaje, en un ataque de furia de estos que le daban a Verlaine cuando estaba borracho o de resaca, disparó contra Rimbaud hiriéndole en la muñeca. Este último manda encarcelar al que sin duda, fue el amor de su vida.

Verlaine pasa dos años en prisión, donde tampoco olvida a Rimbaud.

Ambos intentan rehacer sus vidas, cada uno por su cuenta.

Arthur se dedica al arte, a viajar, a vivir la vida tal y como siempre se la había planteado, como un truhán y un vividor.

Tuvo un último encuentro en Alemania con Paul, después de que este fuera excarcelado, en suposición de unos poemas de Rimbaud que Verlaine publicó en una reviste.

Verlaine empobrecía mientras su antiguo amante se dedicaba al tráfico de armas y se enriquecía.

Arthur murió primero, a los 37 años de edad, por un carcicoma en la pierna.

Paul, a los 52, 5 años más tarde que Rimbaud.

Dicen, que cuando el coche fúnebre de Verlaine pasó frente a la estatua de la Poesía, de la Ópera de París, esta perdió un brazo que sujetaba una lira.

                                                                                                                         

Como bien habéis supuesto, en el libro de Juan Ramón Biedma, que es la novela de la que os hablaba al principio, también hay un personaje al que le pertenece el rol de Verlaine, pero me niego a confesar su identidad, pues si hay alguien interesado en leer El imán y la brújula, le desvelaría una de las intrigas como una spoiler cualquiera.

Posted: June 28, 2007 Comments (0)

Punk vs Pink

Leyendo el libro de La Odisea de Pink Floyd, topé con un fragmento que me gustó muchísimo y no quería otra cosa que compartirlo con los que leéis a veces mi blog.

Pigs on the Wing

Si 1967 le había dado a Londres un Verano del Amor, casi podría decirse que en 1976 le trajo a la ciudad un Verano del Odio. Con la desmoronada economía de Gran Bretaña sacudida por cierres de fábricas, huelgas, inflación de dos dígitos y desempleo, en el mes de junio una cantidad récord de 100.000 adolescentes se graduaron para encontrarse sin trabajo y sin ningún objetivo excepto vivir del salario del desempleo. Hasta el clima parecía conspirar contra una Inglaterra que se marchitaba bajo una rara y prolongada ola de calor, en la que pasaron casi tres meses sin chubascos. En agosto, el clima seco y soleado –que en un principio se había considerado un antídoto caído del cielo contra los pesares del país- se sumó la larga lista de crisis nacionales, provocando malas cosechas, racionamiento de agua y el nombramiento especial de un ministro de la Sequía.

Como si eso fuera poco, aquel mismo mes el carnaval de Notting Hill, iniciado diez años antes por los miembros de la Escuela Libre que habían auspiciado a los Pink Floyd, terminó con un estallido de violencia racial. Para los televidentes británicos, fue un duro despertar cuando se dieron cuenta de que aquellas imágenes de jóvenes negros que les tiraban ladrillos a los policías y los perseguían por calles sofocantes no se originaban en las remotas Johannesburgo o Detroit, sino en Londres. Las medidas del antiguo imperio ahora se volvían contra ellos bajo la forma de una creciente población inmigrante frustrada por la falta de oportunidades en la madre patria, al mismo tiempo que los desempleados, de raza blanca expresaban su resentimientos contra los recién llegados, que en el peor de los casos se manifestaba en movimientos demagogos y fascistoides como el Frente Nacional, al que Pink Floyd atacaría en The Wall.

En ese crisol de ira, tensión y desilusión, estalló, en el verano de 1976, un nuevo movimiento juvenil, que también era una revolución musical. “Usan ropas desgarradas y deshilachadas sujetas con imperdibles –advertía un tabloide londinense-. Son groseros, maleducados, sucios, desagradables y arrogantes. Les gusta caer mal. Usan nombre como Johnny Rotten, Steve Havoc, Sid Vicious, Rat Scabies…” El punk había llegado.

El punk rock se inició (antes de que ampliara su base musical y su atractivo popular con la denominación menos amenazadora de “new wave”) como un gruñido nihilista no contra las condiciones sociopolíticas del momento, sino contra la complacencia y la nostalgia en que el rock de mediados de los setenta – y sus reinantes “viejos pelmazos”- parecían estar atascados. Prometiendo devolver la música a las calles, a los chicos y al momento, los punk le quitaron todos los adornos, sutilezas y ornamentos; regresaron a los tres acordes básicos del rock and roll y subieron el volumen y los controles de agudos de sus destartalados amplificadores hasta superar el umbral del dolor. Cualquiera podía sonar punk rock , y todos lo hacían. Miles de bandas surgieron de la noche a la mañana, recargando aquellos tres mágicos acordes en una andanada de ametralladora que amenazó con arrasar con los cacareados pedestales de las superestrellas, volver a consagrar el rock como una fuerza de subversión y anarquía, y devolver el miedo y el odio a los corazones de los ciudadanos respetables.

De todas las leyengas megaplatino de los setenta, Pink Floyd –con su calculada falta de espontaneidad, su aura de distancia y su predilección tanto por la pompa como por el letargo- se convirtió en un blanco muy tentador para la brigada del pelo en punta y los imperdibles. “Hanging on in quiet desperation” no era, desde luego, el estilo punk. Además el legado y la imagen psicodélicos de los Floyd eran anatema para los punk, que preferían las anfetaminas a la marihuana o el ácido, y que pronunciaban la palabra “hippie” con un desprecio absoluto.

Por cierto, los Floyd tuvieron una participación involuntaria en el descubrimiento del notorio Johnny Roten por parte de Malcolm McLaren, propietario de una boutique de sadomasoquismo en Chelsea y buscavidas en el negocio del rock. McLaren reclutó a aquel “adolescente jorobado y anfetaminoso con pelo verde y mala dentadura” para el papel de cantante principal de los Sex Pistols gracias, en gran medida, a la impresión que le causó su “sádicamente mutilada camiseta de Pink Floyd con las palabras I HATE garabateadas con un bolígrafo que temblaba de odio y furia sobre el nombre de aquellos ancianos” que llevaba puesta.

David Gilmour comentó en tono burlón que al menos Pink Floyd representaba “un blanco sustancioso” y señaló que Johnny Roten jamás habría llegado tan lejos con una camiseta que dijera “I HATE YES”.

La Odisea de Pink Floyd, Nicholas Shaffner 2005
                                                                                                                                 

Me pareció una muy buena descripción sobre la sociedad que vio nacer el estilo punk y, porque no decirlo, una curiosidad graciosa sobre Pink Floyd.

 

Just follow the worms!
 
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