Crónica del Concierto de Roger Waters (21 de abril, Palau Sant Jordi, Barcelona)
Ayer, día 21 de abril, llegó el momento que con tantas ganas había esperado. Por fin iba a ver a un miembro de una de mis bandas favoritas tocando en directo canciones míticas, que para mi y para otros tantos iban cargadas de recuerdos y de momentos vividos. Me dispongo a haceros una pequeña crónica del concierto en si, aunque me temo que va a ser un poco larga.
Entrando ya en el Palau Sant Jordi, vi que en la zona de pista no íbamos a estar sentados, sino de pie. Vale, genial, entonces mi objetivo era situarme cerca del escenario, porque sino, no iba a ver nada debido a mi estatura, así que haciendo equilibrismos entre la gente que había sentada en el suelo (y unos italianos imbéciles del todo que no querían dejarme pasar ni para salir a mear), llegué a la altura de la quinta fila más o menos, por la derecha del escenario.
Podíamos ver una gran pantalla en la que había proyectado un avión de juguete, una botella de licor de algo, humo de un cigarrillo y un sintonizador de radio. De fondo sonaban una selección de temas de blues y de rock, y a veces aparecía una mano por la pantalla que cambiaba la música de ambiente (por cierto, una gran selección de canciones, la gente descargó tensiones y se creó muy buen rollo entre el público).
Luego, un chico y una chica, subieron por unas escaleritas enfrente del escenario que iban a dar a los focos que minutos después se apagaban.
Entonces vimos un gran sombrero puesto sobre la cabeza de Andy Fairweather-Low y empezó a salir humo y más humo y, entre este, divisamos a un Roger Waters con los brazos en alto. Estalló el escenario y se hizo la luz con In The Flesh Parte II y la pirotecnia invadió la interpretación.
Después de unos “Muchas gracias” y algún “Bona Nit”, Waters tomó una guitarra y junto a Katie Kissoon (corista, la más guapa de las tres), interpretó Mother.
Entonces, de fondo, una línea de fuego nos avisaba de que teníamos que tomar los controles sobre el corazón del sol (¡viva el cambio climático!). Así pues, pude escuchar esa canción que tanto sexo conlleva, por fin en directo (buff): Set the Controls for the Heart of the Sun.
El concierto siguió con Shine On You Crazy Diamond I, donde solté mis primeras lagrimitas de la noche (snif, con Barrett en pantalla), Have A Cigar fue el momento ideal para sacar el paquete de Nobel y las cerillas y dejar que la nicotina me invadiera y culminó la parte del Wish You Were Here con el tema que da nombre al disco.
Luego vino lo que seria un poco el tostón del concierto, por así decirlo, con Southampton Dock, The Fletcher Memorial Home, para las que el viejuno tuvo que servirse de un taburete. Luego, salió un astronauta de detrás del público, así iluminado con una luz azul y Roger Waters cantó Perfect Sense Parte I y II con la mitiquísima negra PP Arnold (¿Layne?), que se mantiene increíblemente joven (hay que ver…).
Luego, casi me duermo con la larga Leaving Beirut, que no me servia para berrear ni para bailar. Seguida de este “Brick” de canción, empezaron a sonar unas notas familiares, que nacían hace treinta años de la mano de nuestro anfitrión: Sheep, el único tema que interpretó del álbum Animals (Battersea rules!). De mi derecha, asomó el cabezón el cerdo hinchable pintarrajeado que emula al de la portada del disco (¡discazo!).
Entonces, Waters anunció que hasta ahí la primera parte, que luego volverían para tocar el Dark Side of the Moon. Y se proyectó en la pantalla una luna llena que se iba lentamente haciendo más y más grande… Minutos más tarde, se oían unos latidos, que bien podian haber sido los de mi corazón en lugar de los que dan paso al Speak To Me, lleno de risas y sonidos, que nos llevarían hasta el Breath que cantaron Dave Kilmister y Jon Carin, ya que si la hubiera cantado Roger Waters la hubiera destrozado. Mi respiración empezaba a ser cada vez más rápida, pues “Breath, breath in the air”, era requerido entre la calor y tal, yo creía que me desmayaba. Y tras esto unos platos de bateria, prácticamente acariciados y la magistral On The Run, que bordaron Harry Waters y Jon Carin con los teclados y los efectos. Las proyecciones fueron increíbles hasta el punto de dejar a la gente con los ojos como platos y la boca abierta en ovaciones de “¡qué pasada! Realmente, psicodelia y alucinación en estado puro, no puedo expresarlo con palabras, hay que verlo para entenderlos, hay que vivirlo. Y tras esto, una macro-explosión que daba paso a unos relojes y a una percusión que Graham Broad supo llevar a la perfección, que encandiló a los oyentes y les hizo derretirse en aplausos.
Y fue entonces cuando ya no pude más y me entró la llorera, así, sin más, por los recuerdos, por los momentos, por ese solo de guitarra que llora y hace que te quedes en la intimidad con la música y los sentimientos, y nada más, nada más… en aquel momento, estaba sola frente a la música y floté sobre un mar de lágrimas….
Llegó la hora de los “royalties” para Rick Wright y la encantadora Carol Kanyon hizo los honores con el The Great Gig in the Sky, que con las proyecciones de fondo de una tormenta en tonos lilosos, hizo que todos subiéramos al cielo y rozáramos las nubes con las yemas de los dedos. La canción posterior, consiguió secarme las lágrimas a golpes del bajo bailable de Money, en que era inevitable moverse al ritmo que Roger Waters marcaba, aunque tampoco cantara él esta canción (casi que mejor, se agradece).
Después de haber sorprendido ya por primera vez en el solo de saxo de Shine On You Crazy Diamond, Ian Ritchie regresó a primera línea de escena para deleitarnos en el principio del tema Us&Them, en la que hizo de vocalista Mr. Carin y que vino seguido de un increíble Any Colour You Like que me quitó el habla durante un rato también.
Empalmaron con el tema Brain Damage que llevaba consigo la proyección de un cerebro gris y las voces de la gente del público que, ya excitadísimos, coreábamos todas las canciones, aunque fueran instrumentales.
Una pirámide luminosa colgaba sobre nuestras cabezas y más tarde fue atravesada por un rayo para hacer el efecto prisma que se ve en la portada del mítico disco. Gran escenografía, si señor.
No sé si Roger Waters hacía play-back o no, pero si no lo hacía tuvo gran mérito el cantar Brain Damage y Eclipse que, desde mi triste criterio, estuvieron a tono y con una fuerza inesperada viniendo de alguien que ha fumado toda su vida y que ya gasta 64 años (aunque en el concierto dijera que rondaba los 70, ¡mentira!).
And everything under the sun is in tunes!
Saludaron, y se marcharon. Volvieron minutos después y Roger Waters presentó a la banda: Andy Fairweather-Low en guitarras y bajo, Snowy White (mítico músico, que no será nunca Gilmour, pero al que le tengo muchísimo cariño), Dave Kilminster a las guitarras y a las voces en algún tema (que este si que hay que ver como con los años se ha ido pareciendo cada vez más a David Gilmour), Graham Broad a la bateria y percusión, Ian Ritchie al saxo, Harry Waters (el hijo de Waters) a los teclados (ni punto de comparación con Rick Wright), Jon Carin a los teclados, guitarras, lap steel, programaciones, vocalista y corista (¡este hombre hace de todo!) y, bueno, las tres bellezas de ébano de increíble voz: Katie Kissoon, Carol Kanyon y PP Arnold.
Pero no amiguitos, la cosa no acaba aquí.
¿Cómo iban a faltar temas como Another Brick in the Wall o Comfortably Numb?
Volvieron a salir. Un foco se paseaba por encima de mil brazos levantados y se posó sobre un hombre calvo de camiseta blanca a la voz de “You, yes, you, stand still laddie!!”. Entonces empezó a sonar el tema Happiest Days of our Lives, seguida del mítico Another Brick In The Wall Parte II, que enloqueció al público y todos gritábamos: “Hey, teacher, leave the kids alone!!”, como si el odioso profesor que inspiró a Waters estuviera realmente maltratando a un niño sobre el escenario.
La cara de la heroína Vera Lynn se proyectó en pantalla y mediante una canción, nuestro anfitrión nos preguntó si alguien allí la recordaba: “Does Anybody Here Remember Vera Lynn?”. El tema Vera me puso la piel de gallina, seguida por un Bring The Boys Back Home que canté a pleno pulmón junto a mucha más gente del público, como si la Segunda Guerra Mundial se hubiera llevado a nuestros hermanos pequeños. Los sentimientos estaban a flor de piel, cualquier respiración era palpable y como era de esperar, en el último tema Comfortably Numb, no pude contener el llanto y las lágrimas que asomaban por mis ojos, brotaron.
No quería que aquello terminara, no quería que terminara nunca. Pero lo bueno, dura poco, para desgracia mía, y después de lavarme la cara, salí del Palau Sant Jordi, sabiendo que posiblemente, nunca volvería a sentir esa electricidad musical, olvidándome de todo, y valorando mucho más la vida, que tiene sentido en parte, gracias a la música.
